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Martes, 30 Enero 2018 00:01

Capital de vida: los camuflajes de seguridad

La alarmante escalada de violencia contra las estaciones de Policía en Barranquilla demuestra varios hechos que venían en proceso, con toda su latencia interna, desde hace varios años. Usualmente cuando se presentaban se acudían a medidas excepcionales pues el Alcalde “apretaba” las tuercas en la comandancia de la institución policial y esta, con toda la experticia posible, desarrollaba los probables planes de contingencia para superar el estado de emergencia.

Ese era el método usual. Pero nunca nadie contó, ni es su más desaforada imaginación, que esta vez la víctima de la violencia sería la Policía, encargada precisamente de la seguridad de la ciudad. Nadie, excepto la cúpula de la inteligencia de la institución, puede suponer de que se trata este ataque sistemático, no solo en una estación y en un CAI, sino probablemente de otros blancos a lo largo y ancho de la zona metropolitana de Barranquilla.

Esta focalización en la Policía del ataque terrorista con un saldo trágico de varios muertos y heridos, merece el total repudio de todos los estamentos sociales pero a su vez amerita un análisis sereno que explique las causas de estos procesos violentos. Por ejemplo, si los propósitos de seguridad en Barranquilla son fruto de una estrategia meditada y soportada por un equipo experto o solo se trata de maquillajes publicitarios para hacer creer que la capital de vida vive en un paraíso cuando se trata de todo lo contrario, de un infierno terrenal.

No hay que llamarse a engaños al respecto. A habilidosas maniobras de retórica como sostener, con aire decidido, que es pertinente “sacar el ejército a la calle”. A regañar a miembros de la policía en los medios de comunicación o salir con la gorra oficial de la policía tras el impacto del episodio cruel de la bomba, pues no se trata de un problema de imagen y es momento preciso para señalarlo con énfasis. Se trata de encontrar el hilo perdido del discurso de la seguridad pública amenazado, vulnerado, en toda el área de Barranquilla.

Hay que decir, con abrumadora franqueza, que los atracos constituyen parte del paisaje ambiental y que son estadísticas perdidas, pues el ciudadano prefiere no perder su tiempo acudiendo a la policía ni a las instituciones judiciales bajo la insigne percepción que no pasa nada. Grave esa percepción de indefensión, de una exposición a la ley de la selva que se resuelve, muchas veces, con el linchamiento del delincuente.  Pero nada se muestra, todo se camufla o se esconde con publicidad institucional soportada por los medios de comunicación cómplices.

En efecto, varios indicadores presentan los aumentos graduales de la criminalidad que ha permeado, incluso, la medula de instituciones en todos los niveles con las consecuencias de la corrupción galopante de la que no ha escapado, por cierto, la misma Policía. De territorios vedados de la ciudad en donde las fronteras imaginarias han producido muertos, asonadas y migraciones de los vecinos aterrorizados ante el panorama incierto de todas las horas. Vecindarios que llaman al policía del cuadrante, del CAI y al 123 ante estas emergencias encontrando una respuesta tardía o nula. Comerciantes sometidos a la extorsión para poder ejercer su oficio sin problema.

Muy grave que todo esto suceda en la Capital de Vida y las respuestas administrativas siempre, invariablemente, sean promesas sin cumplir o bonitas campañas publicitarias. Los barranquilleros exigimos que esta rutina desgatada, inocua, sea superada con respuestas. Que nos diga el Presidente de la Republica Juan Manuel Santos, su Ministro de Defensa y el Fiscal General de la Nación Néstor Martínez Neira cuál es la causa para que las estaciones de Policía en Barranquilla sean foco de mortíferas explosiones por parte de la delincuencia organizada como si fuese un tenebroso ajuste de cuentas.

No es posible convivir con tal estado de inseguridad y menos cuando la institución que debería ser el respaldo, la policía, termina enredada en el papel que no le corresponde: de víctima. Es hora entonces de acometer una política criminal estructurada en que participen de verdad todos los estamentos interesados en la ciudad. Para debatir sobre el tema proponiendo salidas. Sin decorados y sin retorica publicitaria que permita a Barranquilla superar la inseguridad; que no es gaseosa percepción sino una triste realidad, en un amplio consenso que nos libre de la peligrosa unanimidad que en nada beneficia la convivencia civilizada.

 

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